San Ignacio de Loyola: autobiografía - Apostole del Sacro Cuore

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Las pequeñas raíces penetran profundamente en el suelo para absorber los nutrientes más adecuados para el desarrollo de la planta.
Incluso la  ASC decide, volviendo al pasado con motivo del Centenario,
reenfocar su vocación poniendo en primer plano no solo las invitaciones y las virtudes,
como modelo, del Fundador, sino también (como lo exige el art.11). de las Constituciones) la espiritualidad de san Ignacio.
Y así, firmemente anclados a sus raíces, pueden abrirse con más coraje, generosidad y confianza hacia el futuro, hacia lo nuevo,  siguiendo las pautas propuestas por el Papa Francisco ".
Del libro "Il racconto del pellegrino". El prefacio de M. Grazia Orzenini A.S.C.
Hasta los 26 años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra. Y así, estando en una fortaleza que los franceses combatían, y siendo todos de parecer que se diesen, salvas las vidas, por ver claramente que no se podían defender, él dio tantas razones al alcaide, que todavía lo persuadió a defenderse, aunque contra parecer de todos los caballeros, los cuales se conhortaban con su ánimo y esfuerzo. Y venido el día que se esperaba la batería, él se confesó con uno de aquellos sus compañeros en las armas; y después de durar un buen rato la batería, le acertó a él una bombarda en una pierna, quebrándosela toda; y porque la pelota pasó por entrambas las piernas, también la otra fue mal herida.

Y así, cayendo él, los de la fortaleza se rindieron luego a los franceses, los cuales, después de se haber apoderado della, trataron muy bien al herido, tratándolo cortés y amigablemente. Y después de haber estado 12 ó 15 días en Pamplona, lo llevaron en una litera a su tierra; en la cual hallándose muy mal, y llamando todos los médicos y cirujanos de muchas partes, juzgaron que la pierna se debía otra vez desconcertar, y ponerse otra vez los huesos en sus lugares, diciendo que por haber sido mal puestos la otra vez, o por se haber desconcertado en el camino, estaban fuera de sus lugares, y así no podía sanar. Y hízose de nuevo esta carnecería; en la cual, así como en todas las otras que antes había pasado y después pasó, nunca habló palabra, ni mostró otra señal de dolor, que apretar mucho los puños.

Y iba todavía empeorando, sin poder comer y con los demás accidentes que suelen ser señal de muerte. Y llegando el día de San Juan, por los médicos tener muy poca confianza de su salud, fue aconsejado que se confesase; y así, recibiendo los sacramentos, la víspera de San Pedro y San Pablo, dijeron los médicos que, si hasta la media noche no sentía mejoría, se podía contar por muerto. Solía ser el dicho infermo devoto de San Pedro, y así quiso nuestro Señor que aquella misma media noche se comenzase a hallar mejor; y fue tanto creciendo la mejoría, que de ahí a algunos días se juzgó que estaba fuera de peligro de muerte.

Y viniendo ya los huesos a soldarse unos con otros, le quedó abajo de la rodilla un hueso encabalgado sobre otro, por lo cual la pierna quedaba más corta; y quedaba allí el hueso tan levantado, que era cosa fea; lo cual él no pudiendo sufrir, porque determinaba seguir el mundo, y juzgaba que aquello lo afearía, se informó de los cirujanos si se podía aquello cortar; y ellos dijeron que bien se podía cortar; mas que los dolores serían mayores que todos los que había pasado, por estar aquello ya sano, y ser menester espacio para cortarlo; y todavía él se determinó martirizarse por su propio gusto, aunque su hermano más viejo se espantaba y decía que tal dolor él no se atrevería a sofrir; lo cual el herido sufrió con la sólita paciencia.

Y cortada la carne y el hueso que allí sobraba, se atendió a usar de remedios para que la pierna no quedase tan corta, dándole muchas unturas, y extendiéndola con instrumentos continuamente, que muchos días le martirizaban. Mas nuestro Señor le fue dando salud; y se fue hallando tan bueno, que en todo lo demás estaba sano, sino que no podía tenerse bien sobre la pierna, y así le era forzado estar en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de Caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance.

Por los cuales leyendo muchas veces, algún tanto se aficionaba a lo que allí hallaba escrito. Mas dejándolos de leer, algunas veces se paraba a pensar en las cosas que había leído; otras veces en las cosas del mundo que antes solía pensar. Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían una tenía tanto poseído su corazón, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y 4 horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar; porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas.

 

  2ª parte  


Pero nuestro Señor lo ayudó y trabajó en él. Estos pensamientos fueron seguidos por otros, sugeridos por las cosas que leyó. Así, leyendo la vida de nuestro Señor y de los santos, se detuvo a pensar y reflexionar para sí mismo: "¿Qué pasaría si hiciera lo que hicieron San Francisco o Santo Domingo?".

De esta manera, revisó muchas iniciativas que encontró buenas y siempre se propuso grandes y difíciles emprendimientos para sí mismo; y mientras lo proponía, parecía encontrar dentro de sí mismo las energías para poder llevarlas a cabo fácilmente. Todo su razonamiento fue una repetición para sí mismo:
Santo Domingo ha hecho esto, yo también debo hacerlo; San Francisco hizo esto, yo también debo hacerlo. Incluso estas reflexiones lo mantuvieron ocupado durante mucho tiempo. Pero cuando otras cosas lo distrajeron, los pensamientos del mundo ya recordados resurgieron y, sin embargo, se demoraron mucho. La alternancia de pensamientos tan diferentes duró mucho tiempo.Era una cuestión de aquellos hechos mundanos que soñaba hacer, o de estos otros servicio de Dios que lo presentaban a la imaginación, siempre se aferraba al pensamiento recurrente hasta que, por agotamiento, lo abandonó y se dedicó a otra cosa.

Pero había una diferencia: pensando en las cosas del mundo, estaba muy contento, pero cuando, por agotamiento, las abandonó, se sintió vacío y decepcionado. En cambio, ir descalzo a Jerusalén, no comer hierbas, practicar todas las austeridades que había conocido a los santos, eran pensamientos que no solo lo consolaban mientras se demoraba, sino que incluso después de abandonarlos lo dejaron satisfecho y lleno de alegría. . Luego no le prestó atención y no se detuvo a evaluar esta diferencia.Hasta que una vez sus ojos se abrieron un poco; asombrado ante esa diversidad, comenzó a reflexionar sobre ello: de la experiencia había deducido que algunos pensamientos lo dejaban triste, otros alegres; y poco a poco aprendió a conocer la diversidad de los espíritus que se agitaban en él: uno del demonio, el otro de Dios.

Esta fue la primera reflexión que hizo sobre las cosas de Dios. Más tarde, cuando se aplicó a los Ejercicios, fue precisamente desde aquí que comenzó a arrojar luz sobre el tema de la diversidad de espíritus.

 Con toda la luz de esta experiencia, comenzó a pensar más seriamente sobre la vida pasada y sintió una gran necesidad de hacerla penitencia.

Luego, el deseo de imitar a los santos nació de nuevo, sin dar peso a nada más que a la promesa, con la gracia de Dios, de hacer lo mejor que ellos habían hecho. Pero lo que primero que todo quería hacer, tan pronto como se curó, fue ir a Jerusalén, como se dijo anteriormente, imponiendo esas grandes austeridades y ayunos que siempre aspiran a ser generosos y enamorados de Dios.

Los deseos de estos santos estaban borrando sus pensamientos anteriores, y fueron confirmados por una visión de esta manera: una noche, mientras él todavía estaba despierto, vio claramente una imagen de Nuestra Señora con el santo niño Jesús. Podía contemplarla durante mucho tiempo, esforzándose mucho. consolación.Luego vino tal disgusto de toda la vida pasada, especialmente de las cosas carnales, que le pareció que todas las imaginaciones tan profundamente arraigadas y vivas habían desaparecido del alma. Desde ese momento hasta este agosto del '53 en el que están escritas estas memorias, nunca dio ni el más mínimo consentimiento a las solicitudes sensuales: y este efecto nos permite juzgar que vino de Dios. Pero no se atrevió a afirmarlo, pero Limitado a exponer lo que se ha dicho.
Sin embargo, el comportamiento externo dio a conocer al hermano y a todos los demás miembros de la casa la transformación que se había logrado dentro de su alma.

Continuó en sus lecturas y perseveró en sus buenas intenciones, sin ocuparse de nada más. Cuando entretuvo a los que estaban en casa, dedicó todo su tiempo a las cosas de Dios y esto les trajo beneficios espirituales. Como le gustaba mucho leer estos libros, se le ocurrió la idea de eliminar algunos de los pasajes más significativos del la vida de cristo y de los santos. Entonces, como ya estaba levantado y moviéndose por la casa, comenzó a llenar un libro con gran diligencia. Llegó a ocupar casi 300 hojas, en cuarto, completamente escritas.
Escribió las palabras de Jesús en rojo, las de Nuestra Señora en azul, en papel rayado brillante, con una escritura elegante, haciendo uso de su muy hermosa letra. Él usó su tiempo en parte para escribir, en parte para orar. Su mayor consuelo fue mirar el cielo y las estrellas; Los contempló a menudo y durante mucho tiempo, porque de ahí nació un fuerte impulso para servir a nuestro Señor. Con su mente fija en su propósito, le hubiera gustado haber sido completamente restablecido para ponerse en camino.

Proyectando  lo que haría a su regreso de Jerusalén con el propósito de vivir en penitencia continua, se enfrentó con la idea de retirarse a la Certosa de Sevilla, sin decir quién se consideraría menos, y allí alimentarse solo de hierbas.
En otras ocasiones, sin embargo, el pensamiento de las austeridades que pretendía enfrentar al ir al mundo volvió a surgir, y luego el deseo de la Casa Chárter se desvaneció por temor a no poder ejercer el odio a sí mismo que había concebido. Y, sin embargo, le encargó a un sirviente que iba a Burgos que le preguntará acerca de la Charterhouse Charter y las noticias que disfrutaba. Pero el miedo mencionado anteriormente persistió. Además, todo fue absorbido por el viaje que pretendía emprender lo antes posible, mientras que el proyecto de Certosa no se pudo abordar hasta después del regreso.

Por eso no le prestó mucha atención a esto; pero, sintiendo que su fuerza regresaba, decidió que era hora de irse. Entonces le dijo a su hermano: "Señor, como saben, el duque de Nájera ya está informado de que estoy mejor." Será bueno para mí ir a Navarrete ". (Estaba el duque en ese momento). Entonces su hermano comenzó a mostrarle una habitación tras otra del castillo, y todos, angustiados, le rogaron que no se enfrentará a los peligros, que considerara, más bien, cuánta confianza depositaba en su gente y qué ascendencia podía disfrutar.
más ...
 

  3ª parte  


Escribió las palabras de Jesús en rojo, las de Nuestra Señora en azul, en papel a rayas brillantes, con una escritura elegante, dando buen uso a su hermosa ortografía. Pasó su tiempo en parte escribiendo, en parte rezando.
Su mayor consuelo fue mirar el cielo y las estrellas; los contemplo a menudo y durante mucho tiempo, porque de ahí nació con un fuerte impulso de servir a nuestro Señor.
Con sus pensamientos fijos en su propósito, le hubiera gustado haber sido completamente restaurado para ponerse en camino.

Al diseñar lo que haría a su regreso de Jerusalén, con el fin de vivir en penitencia continua, se enfrentó con la idea de retirarse a la Casa de Cartas de Sevilla sin decir quién sería considerando menos, y no comer nada más que hierbas.

En otras ocasiones, sin embargo, el pensamiento de las austeridades que pretendía enfrentar en el mundo volvió a surgir, y luego el deseo de la Certosa se  desvaneció ante el temor de no poder ejercer ese odio hacia sí mismo que había concebido. Y, sin embargo, encargo a un sirviente que fue a Burgos para preguntar sobre la Regla de los Cartujos, y le gustó la noticia que tenia de ella.

Pero el medio mencionado anteriormente persistió. Además, estaba completamente absorto en el viaje que pretendía emprender lo antes posible, mientras que el proyecto de Cartujo no pudo haberse abordado hasta después del regreso. Por eso no le prestó mucha atención a esto; Pero, sintiendo que su fuerza regresaba, decidió que era hora de irse.
Luego le dijo a su hermano: “Señor, como saben, el duque de Nájera ya está informado de que estoy mejor. Será bueno si voy a Navarrete, (El Duque estaba allí en ese momento).

Entonces su hermano comenzó a mostrarle una habitación  tras otra del castillo, y todos, angustiados, le rogaron que no se enfrentara a los peligros, que considerara la confianza que su gente depositaba en él y el  ascenso que podía disfrutar.
Su hermano y los que estaban en casa sintieron que estaba tratando de hacer un gran cambio.
Y agregó otros temas como ese, todos con el propósito de desviarlo del propósito que tenía en mente. Pero su respuesta fue tal que, sin ofender la verdad, ya que ahora era un gran escrúpulo, logró liberarse de la insistencia de su hermano.
Así que  empieza a montar una mula. Otro hermano suyo quería    acompañarlo a Oñate, y él lo persuadió en el camino para que hiciera una vigilia con él en el Santuario de Nuestra Señora de Aránzazu.

Allí paso la noche en oración para obtener nuevas energías para su viaje. Luego dejó a su hermano en Oñate, en la casa de una hermana que había visitado, y se fue a Navarrete. Recordando que en la casa del duque le debían cierto número de ducados, juzgó oportuno recogerlos. Para ello escribió una petición al tesorero; señalo que no tenía dinero, pero cuando el duque se enteró, declaró que el dinero podría faltar para todos los demás, pero no para Loyola. Para él, de hecho, por la confianza que había adquirido en el pasado, tenía la intención de confiar un buen trabajo, si quería aceptarlo.
Recolecto el dinero y se lo entrego a ciertas personas con las que tenía obligaciones: pero una parte estaba destinada a la restauración y al mejor adorno de una imagen de Nuestra Señora que estaba en mal estado.
Luego despidió a los sirvientes que lo acompañaron y se fue de Navarrete solo, en su mula, hacia Montserrat. Desde el día en que dejó su castillo, el siempre se flagelaba todas las noches.

En Manresa todos los días iba a mendigar. Él no comió carne y no bebió vino, aunque se lo dieran. Pero el domingo no ayunó y si le ofrecían un poco de vino lo bebía. Según la moda de la época, siempre había tratado cuidadosamente su cabello, que era muy hermoso. As que decidió dejar crecer su cabello sin cultivar, sin peinarse ni cortare, y sin protegerlos de ninguna manera, ya sea de noche o de día. Por la misma razón permitió que sus uñas de los pies y las uñas de los pies crecieran: también en esto había sido buscado.

Durante su estadía en el hospicio a menudo pasaba, a plena luz del día, para ver en el aire, cerca de él, algo que lo llenaba de consuelo, porque era hermoso, lleno de encanto. No podía entender qué tipo de cosa era: de alguna manera le parecía que tenía la forma de una serpiente, con muchos puntos que brillaban como ojos, incluso si no lo eran. Al contemplarla sintió mucha alegría y consuelo, y cuanto más a menudo lo veía, mas crecía su consuelo; Cuando desapareció, sintió pena.
Hasta este momento, había permanecido casi en el mismo grado de vida interior, caracterizado por una alegría muy constante, pero sin ninguna penetración de las cosas internas del espíritu En los días en que duró esa visión (de hecho, continuo  durante muchos días,) o justo antes de que comenzara, lo asalto un pensamiento violento que lo molestó al resaltar las dificultades de su vida. Parecía que alguien le dijo dentro de su alma: “¿Cómo puedes vivir hasta los setenta, teniendo este tipo de vida?” Pero a esta insinuación él  respondió, también interiormente, con gran determinación (advirtiendo bien que venía del enemigo): “¡Miserable! "¿Tal vez tienes el poder de garantizarme una hora de vida?” Así venció esa tentación que tuvo después del cambio de vida descrito anteriormente. Lo supero  entrando en una iglesia.
En esto todos los días escuchó la misa solemne, Vísperas y Completas en canción; y al participar sintió un gran consuelo. Por lo general, durante la misa, leyó la Pasión; Y siempre se sintió animado por un compromiso constante. Pero inmediatamente después de la tentación ahora informada comenzó a  experimentar una marcada alternancia de estados de ánimo opuestos. A veces se sentía tan triste que no encontraba sabor en la oración vocal, en la escucha de la misa y en cualquier otra forma de meditación que intentaba hacer.

En otras ocasiones experimentó el estado mental contrario, fuerte y repentino, de modo con toda la tristeza y la desolación parecían haber desaparecido: era como quitarse la capa de los hombros. Entonces comenzó a asustarse de estos cambios que nunca antes habia sentido. Y se preguntó: “¿De qué naturaleza es esta nueva vida que he emprendido?” En ese momento  todavía se entretenía, a veces, con personas espirituales que, teniendo fe en él, querían hablar con él. No es que él tuviera conocimiento de la vida espiritual, pero probablemente porque, al hablar, mostro mucho fervor y una gran decisión de progresar en el servicio a Dios. En Manresa había entonces una mujer, en el tiempo y en las cosas de Dios; como tal, se conocía en muchas partes de España, tanto que el Rey católico una vez la envió a llamarla para discutir ciertos temas con ella. Esta mujer que se entretuvo un día con el nuevo soldado de Cristo le dijo: “¡Por favor, mi Señor Jesucristo, que quiera aparecer ante ustedes una vez!” ante estas palabras, se asusto, habiéndolo interpretado de manera tan material; ¡ cómo puede aparecerse Jesucristo? Mientras tanto, perseveró en la costumbre de confesar y comunicarse todos los domingos.
(Continuacion)
 

  4ª parte  

En el camino le sucedió un hecho de que es oportuno informar porque sirve para comprender de qué manera Dios actuó con esta alma. Con todos sus grandes deseos de servir a Dios como pudo entender, todavía estaba ciega: cuando decidió hacer grandes penitencias, no le importaba tanto servir sus pecados como hacer lo que le agradaba a Dios y complacerlo. Del mismo modo, cuando llegó a pensar en hacer una penitencia hecha por los santos, propuso hacer lo mismo y mucho más. Sintió un gran horror por los pecados de la vida pasada; pero el deseo de hacer grandes cosas para el servicio de Dios estaba tan vivo que, aunque no juzgó que sus pecados ya estaban perdonados, nunca pensó mucho en ellos en su penitencia. Y todo se consoló, solo por estas consideraciones, sin pensar en las cosas internas, sin darse cuenta de lo que eran la humildad, la caridad, la paciencia y cómo discernir la regla y la medida de estas virtudes. En cambio, su único objetivo eran esas grandes acciones externas, porque los santos los habían hecho para la gloria de Dios, sin tener en cuenta sus aspectos más espirituales.

Entonces sucedió que mientras estaba en camino, se le unió un moro que montaba una mula. Comenzaron a conversar y el discurso cayó sobre nuestra Señora. Los moros afirmaron que, por supuesto, la Virgen había concebido sin intervención humana; pero que había dado a luz siendo virgen, no podía admitirlo; y en apoyo de esto, adujo los motivos naturales que se le presentaron a su mente. Desde esta opinión, el peregrino, no importa cuántos argumentos haya presentado, no podía moverlo. Entonces el moro se alejó insatisfecho ya que parecía haber fallado en su deber, y lo movió indignado contra el moro. Sintió que había hecho mal al permitirle hacer esas declaraciones sobre nuestra Señora, y verse obligado a defender su honor. Quería ir a buscarlo y apuñalarlo por las declaraciones que había hecho. Permaneció en la agitación durante mucho tiempo, luchado por estos impulsos, y al final quedó perplejo sin saber lo que tenía que hacer.

Antes de partir, el moro le había dicho que se dirigía a un lugar cercano, muy cerca de la carretera principal, pero esto no lo cruzó.

Cansado de reflexionar sobre lo que se hizo mejor, sin ver una solución segura a la que apegarse, decidió de esta manera: dejar que la mula sin rienda embarcado en la calle de la ciudad, habría llegado a la oscuridad y lo habría apuñalado; si, en cambio, hubiera seguido por el camino alto, lo habría dejado ir. Él siguió esta idea; la ciudad estaba a solo treinta o cuarenta pasos de distancia y el camino que conducía allí era ancho y cómodo; pero nuestro Señor hizo que la mula lo dejara de lado y eligiera el camino principal. Al llegar a una gran aldea antes de Montserrat, decidió comprar el traje que pretendía usar y con el que iría a Jerusalén.

Así que compró tela de saco, áspera y muy áspera, y con ella inmediatamente se hizo una túnica larga, pero no la usó de inmediato; También compró un palo de viaje y una botella de agua, y lo ató todo al árbol de la mula.

También compró un par de sandalias, pero solo llevaba una; esto no para hacer algo extraño: tenía una pierna que estaba maltratada y vendada con un vendaje, tanto que, mientras montaba, cada noche la encontraba hinchada. Por lo tanto, parecía necesario poner ese pie.

Reanudó su viaje hacia Montserrat reflejando, como de costumbre, lo que quería emprender por amor a Dios. Como todavía tenía la mente plena de los hechos narrados en Amadis de Gaula y en otras novelas de este tipo, tuvo la idea de hacer algo similar.

Decidió que se despertaría toda una noche sin sentarse o inclinarse, sino solo pararse o arrodillarse frente a él.
En el altar de Nuestra Señora de Montserrat, donde tenía en mente dejar su ropa para vestir los brazos de Cristo.

Reanudando, por lo tanto, el viaje siempre inmerso, como era su costumbre, en estos proyectos suyos, llegó a Montserrat. Después de rezar, hizo arreglos con un confesor; luego, en el transcurso de tres días, se comprometió a su confesión general, poniendo todo por escrito. También le confió al confesor la tarea de retirar la mula y colgar la espada y la daga en el santuario, en el altar de Nuestra Señora. Fue la primera persona a quien le confió sus decisiones, porque hasta ese momento no se las había mostrado a ningún confesor.

En la víspera de Nuestra Señora de Marzo (Fiesta de la Anunciación) de 1522, por la noche, en todo secreto, fue a buscar a un hombre pobre y, despojado de toda su ropa, se la dio y se puso la túnica que ahora solo deseaba. Luego fue a postrarse ante el altar de Nuestra Señora y un poco de rodillas y un poco parado con el bastón en la mano, pasó toda la noche allí. Se fue al amanecer para no ser reconocido.

No tomó el camino que conducía a Barcelona porque habría conocido a muchas personas que, al conocerlo, le rendirían respeto; pero se dirigió hacia un pueblo llamado Manresa, donde propuso alojarse en un hospicio por unos días.

También quería escribir algunas cosas en su cuaderno que guardaba celosamente y que le daban mucho consuelo. Ya estaba en una liga con Montserrat cuando un hombre vino corriendo a buscarlo y le preguntó si realmente le había dado ropa a un hombre pobre, como afirmó.

Respondió que sí, y por lástima por el mendigo que le había dado sus ropas, le saltaron las lágrimas: se dio cuenta de que lo habían maltratado, asumiendo que se las había robado.

Por mucho que trató de evitar la estima de la gente, se habló mucho de él en Manresa, ya que le llegaron noticias de lo que había hecho en Montserrat.

Entonces la fama creció, y se dijo más que la verdad: que había dejado una gran fortuna, y así sucesivamente.
(Continuacion)
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